Mi habitación

Perdido en mi habitación sin saber que hacer se me pasa el tiempo...

lunes, noviembre 14, 2005

15 minutos

Son las 11 menos 15 de una noche que quiero que encuentre su fin rápido. Sentada como nunca quise: sillón de leather, piernas dormidas, un esclavo horrendo solo para mi, músicas demasiado mezcladas, presión constante en el pecho, ni un solo cable que me comunique, 3 libras de grasa en mi panza y mi reloj que dice que ahora son las 11 menos 13. Quiero un cierre tajante a la sucia oscuridad. Quiero terminar, levantarme sin tener que ver un gallo con ojeras en mi parabrisas, un pobre gallo sin suerte o por lo menos un poco más que la mía. Son las 11 menos 10. Miro hacia adelante y me encuentro con un flaco que no sé olvidar, hasta en mis noches de tortura lo veo mezclado entre serpentina y confeti pegado de una calcomanía de burla con textura de cebada. Son las 11 menos 9 y siento como me ensordece este silencio de mi cabeza al unísono con el bastón ballet de mi esclavitud electiva. Son las 11 menos 6 y no con cara estresada me doy cuenta de que no acaba porque avanzo cada vez en mayor retroceso, incongruente pero paralelo, amable pero descortéz, rabioso pero tranquilo, cuerdo hasta llegar. Son las 11 menos 5 y la pierna derecha no se quiere despertar de su plácido letargo que le regaló el plástico de la noche que se niega a empacarme los ojos porque se jacta de decir que el día se encarga de pasearme y me repite millones de veces de seguido que no tengo porque complacerla, en vez de eso, ella me jode trayéndome canciones de enanos ex-enamorados y carritos de juguete con olor a cigarro-pinito azul en el parqueo de algún músico que encubría secretos que estaba demasiado lejos de saber. Son las 11 menos 2 e intento distraer el hambre que tengo y me paro frente a un espejo con un marco de girasoles y círculos blancos, totalmente surreal como mi pibe querido, como mi bigotón preferido y como las mujeres de esos dibujos de Praga a los que siempre quise parecerme; elegante de pelo largo, corona y piernas largas visibles a través de un vestido vaporoso de seda sepia que pegué en mi cuarto un día del segundo enero, después del enero que marcó los demás eneros que habrán hasta que queden eneros. Son las 11 en punto.